Ser médico militar y estar muy lejos de los tuyos


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Han pasado cerca de veintinueve años, y el ahora general médico Manuel José Guiote Linares, jefe de la Brigada de Sanidad del Ejército de Tierra, rememora para efesalud una de sus 15 misiones internacionales, lejos de casa, la que más y la que mejor inocula nostalgias de la juventud; su primera expedición a la Antártida.

Un año antes, había participado en la “Expedición Sarmiento de Gamboa”, una marcha a pie argentino-española de 350 kilómetros por la Patagonia que sirvió para conmemorar el V Centenario del Descubrimiento de América. Aprendió la importancia de la camaradería y el apoyo del equipo.

Por entonces, España necesitaba estar en la Antártida como miembro de pleno derecho, con voz y voto. Y cuando desembarcaron en la isla Livingstone, el día de Año Nuevo de 1988, fundaron la Base Antártica Juan Carlos I, a pesar de la falta de previsión y de la premura de la Administración.

Aquella jornada histórica, al caer la noche, el capitán Guiote, sobrecogido por la belleza inhóspita  y el silencio misterioso de aquellas tierras, abrió su diario, cogió el lápiz y se puso a escribir una carta a su mujer y a su hijos.

Cuaderno de viaje a la Antártida

Al recibo de la presente confío que os encontréis bien, yo bien a Dios gracias.

Espero que la carta os llegue antes de que nos veamos, pero ya sabéis que la situación no es la más favorable para la regularidad del correo, aquí en tierras antárticas tenemos estafeta de correos pero no servicio regular. Dependemos de que algún buque argentino o chileno viaje fuera de este continente helado para algún movimiento de apoyo logístico y lleven nuestros correos.

El capitán Guiote en Punta Arenas (Chile).

El capitán Guiote en Punta Arenas (Chile).

Ya ha pasado la incertidumbre y las prisas del inicio del viaje, la preparación del barco, que es alquilado a Chile, nos dicen que el próximo año España tendrá preparado un barco capaz de navegar en estas aguas. Este es viejo pero los marinos dicen que navega muy bien y debe ser así pues después de la tranquilidad de la navegación por los canales patagónicos ha superado el Mar de Drake, no me mareo pero tenía la sensación de vivir en una batidora, qué barbaridad; entiendo que fuera un distintivo de hombría lucir el aro de marino en la oreja izquierda cuando se había superado el Cabo de Hornos.

He tenido tiempo de reflexionar, estoy viviendo una aventura, que sepa soy el primer médico militar español que participa en una expedición antártica que a su vez es la primera española que voluntariamente pisará la Antártida, se me acumulan historias antárticas; el buque español San Telmo, de 74 cañones, desaparecido en estas aguas en 1819, la historia del Capitán Scott, y su desgraciada expedición al Polo Sur, la aventura del piloto Pardo y el rescate de todos los hombres de Shacklecton atrapados en el Endurance, esto da para mucho. Este continente de 14 millones de Km2, cubierto de hielo y que atrae como un imán.

Hemos desembarcado hoy y no sé cómo describiros el paisaje, no se parece en nada a algo conocido. Estamos en una Isla del archipiélago de las Shetland del Sur a 62º Sur en la Antártida, será nuestra base en tierra y nuestro barco la manera de movernos por estas peligrosas y desconocidas aguas, no hay cartas de navegación y una de nuestras misiones será levantar las cartas marinas de la zona para hacer más segura la navegación. Todo está cubierto de hielo, en algunas zonas con estratos negros que corresponden a las cenizas de las erupciones de un volcán próximo situado en isla Decepción, relativamente próxima y que será una de nuestras próximas visitas.

El capitán médico Guiote se dispone a realizar una inmersión.

El capitán médico Guiote se dispone a realizar una inmersión.

Decepción, qué nombre; qué sentiría quien se lo puso, qué historias. Estoy deseando ir. La fama la precede. Tiene una base Argentina abandonada al ser arrasada por el volcán, una gran pingüinera, una estación ballenera abandonada con un pequeño cementerio, aquí cuentan que estaba una base de los submarinos alemanes en la II Guerra Mundial, pero a pesar de todo tiene una bahía que es un fondeadero seguro si el comandante de barco es capaz de meterlo por los Fuelles de Neptuno, puerta única de entrada y salida a la bahía, en realidad el cráter del volcán, que tiene poco fondo con lo cual si no se conoce o hay muy mala mar el barco puede encallar.

Como os decía es mi primer día y ha sido de locos, desembarcar, preparar mi material por si las moscas, familiarizarme con el entorno y darme cuenta de que me habían contado la verdad, en la Antártida el “silencio se oye”, la sensación de soledad a pesar de estar con gente, la desolación del paisaje y el silencio son sobrecogedores.

El día entre preparación, reconocimiento de la zona y acondicionamiento para pasar la noche, tienda de campaña individual, ha pasado rápido. Hemos cenado y compartido historias, no experiencias, estas empezaran mañana, y ahora escribiéndoos. Tranquilo no, ilusionado, expectante y contento, pocos seres humanos tienen este privilegio. Preocupado por supuesto soy la última esperanza en caso de que pase algo relacionado con la salud, ¿y si me pasa a mí?

Siempre he confiado en Dios no en la suerte, creo que la suerte está en hacer bien los deberes y yo los he hecho.

Os quiero y os recuerdo permanentemente.

En Isla Livingston, en Campaña, año nuevo de 1988

PD. Son las 03,00 horas y el sol está en lo alto, parece que voy a la siesta.

La costa helada de la Antártida.

La costa helada de la Antártida.

Desde los confines de la Antártida

El capitán médico Guiote no sabía lo que se iba a encontrar en ese continente helado. Su afán de los preparativos se centró en la prevención, en que todos sus compañeros partieran desde España en buenas condiciones de salud, ya que allí te rodea el aislamiento más absoluto.

También le obsesionaron las patologías derivadas del frío y la congelación. De hecho, leyó que si se tocaba un hierro congelado con las manos, sin guantes, y la piel se quedaba pegada, la mejor solución para despegarse del hierro consistía en miccionar sobre la mano.

“Me preocupaban bastante el pie de trinchera -edemas rojos y dolorosos en los pies-, las congelaciones de la nariz y los pabellones auditivos o la ceguera producida por los rayos ultravioleta. Pero todos los miembros de la expedición estaban muy concienciados de la necesidad de protegerse del frío antártico, así que no tuvimos problemas por congelaciones”, dice.

Pero él sí se cortó en una ceja accidentalmente y se la tuvo que coser él mismo. “Fue bastante difícil, al menos el primer punto. Los siguientes pinchazos me dolieron menos”.

Lo realmente peligroso en la Antártida es caerse al agua. Te puedes ahogar por el peso del equipo de protección al frío o morir en menos de cinco minutos.

“El agua está a dos grados bajo cero. Se fallece por hipotermia, o descenso brusco de la temperatura corporal, y la consiguiente fibrilación ventricular, la arritmia más grave y caótica que pueda padecer un corazón humano”.

Y al agua cayeron el capitán chileno del barco, al que sacaron inmediatamente, “en quince segundos, ya morado”, y un expedicionario que hacía mediciones científicas desde la lancha neumática, a pocos metros de la playa.

“No he visto en mi vida correr a alguien más rápido. Parecía un personaje de dibujos animados. En cincuenta metros le dio tiempo a llegar a tierra y desnudarse al mismo tiempo”, recuerda con una sonrisa.

Lo más habitual, en cambio, son los pequeños traumatismos, como los golpes, las torceduras y las brechas.

“A mí me cayeron encima las pocas piedras que posiblemente haya en la Antártida -comenta-. O mi cabeza es muy dura o no cayeron desde muy alto, porque todavía la tengo en mi sitio”.

Fue su primera misión de gran calado y fue en Navidad. Es lo que conllevan las misiones internacionales.

“Con mi familia hablaba cada quince días gracias a las radios de los barcos pesqueros que trabajaban en la zona por encima de esas latitudes. El ‘corto y cambio’ con tu mujer es muy diferente a las conversaciones de la telefonía vía satélite de nuestros días”, subraya.

El capitán médico Guiote, ahora general, volvió a la Antártida al año siguiente y lo hubiera vuelto hacer una y otra vez si le hubieran dejado.

“Aunque sea una misión tan dura y extrema, no hay nada parecido a la Antártida. Es otro mundo. Te atrapa tanto que se convierte en una adicción”.

Tanto es así, que se considera un “cadáver antártico”, una sensación íntima que solo conocen los que por allí han escuchado el ruido constante del silencio.

Las primeras instalaciones de la Base Antártica Juan Carlos I en la isla Livingstone.

Las primeras instalaciones de la Base Antártica Juan Carlos I en la isla Livingstone.

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